
Hoy en día la mujer a escalado tantas posiciones de tal manera que se ha ganado el respeto de todos por su valentia y su lealtad hacia sus principios y reglas de vida, en este artículo analizaremos su rol en la sociedad y la politica.
haciendo un poco de historia el acceso de la mujer a la política comenzó a finales del siglo XIX, cuando las mujeres ganaron la batalla por el derecho al voto, aunque en algunos estados la aprobación del voto femenino no llegó hasta mediados del siglo XX.
En el Perú no fue sino hasta los cruciales años '30, cuando la discusión sobre los derechos de la mujer se plantearon de manera más abierta. En el Parlamento, los grupos oligárquicos se opusieron al voto femenino al igual que al de los analfabetos; los apristas abogaron por el voto calificado, es decir, sólo a las mujeres que trabajan; y los socialistas, como Alberto Arca Parró, defendieron el voto femenino irrestricto, señalando sus reservas sobre la aplicación inmediata de dicha medida por las condiciones de inmadurez en que se encontraban las mujeres. Magda Portal, la poetisa y luchadora aprista de primera hora, tuvo una voz disidente en su partido. Más tarde, por su vanguardismo incómodo para la dirigencia, dejó las filas apristas. Finalmente, el Congreso Constituyente otorgó el derecho al voto para la mujer sólo para la elección municipal. Pero, ésta no se realizó sino hasta 1963. Los gobiernos de Sánchez Cerro (1931). Oscar R. Benavides (1936), Manuel Prado (1939) y José Luis Bustamante Rivero (1945) no cambiaron la situación de los derechos políticos de las mujeres. Es asi que La mujer peruana sufragó por primera vez en 1956, ese mismo año se permitio por primera vez la presencia en el Parlamento de mujeres. Estas fueron las pradistas Irene Silva, Lola Blanco, Carlota Ramos, Juana Ubillús, Manuela Billinghurst, la aprista María Gotuzzo y la acciopopulista Matilde Pérez Palacio. Eran mujeres de clase media y altas de la segmentada sociedad peruana.
Pero no nos vamos a centrar especificamente en ello, a partir de este momento abrimos mas el espacio de este artículo y buscaremos encontrar respuestas a muchas de las interrogantes que muchos nos podemos estar haciendo en estos momentos.
Las mujeres constituyen la mitad de la población mundial. Históricamente han estado confinadas al mundo privado y su aporte al desarrollo de la sociedad ha sido invisibilizado a través de la naturalización del trabajo de reproducción biológica y social. Desvalorizadas y subordinadas al poder masculino han vivido discriminadas y desprovistas de derechos. Durante el siglo XX las mujeres se han ido incorporando masivamente al mundo público insertándose aceleradamente en el trabajo productivo y en la acción comunitaria y social y, más lentamente, en el ámbito político. A pesar de ello, la situación de discriminación y subordinación en que viven persiste y se reproduce constituyendo un freno al desarrollo individual y de la sociedad en su conjunto.
La participación social y política de las mujeres ha sido y es considerada como una estrategia central en la construcción de la equidad de género y en la profundización de la democracia.
En promedio las mujeres trabajan más horas que los hombres en todos los países cualquiera sea el nivel de desarrollo humano de éstos y dedican muchas más horas que los varones a las actividades fuera de mercado. A pesar de que los ingresos femeninos son mucho menores que los de los hombres, las mujeres aportan un porcentaje muy alto de sus ingresos a sus familias en casi todos los países. No sucede lo mismo con el ingreso masculino (Naciones Unidas).
La mujer a pesar de que ahora tiene mayor participacion en la vida politico social del mundo vive en condiciones de manifiesta inequidad en todos los países y esta situación se ve aún más agravada en los países en desarrollo. Sin embargo, a pesar de la magnitud y extensión del problema, éste ha permanecido invisible para los gobiernos, los organismos internacionales preocupados por el desarrollo y para la sociedad hasta avanzada la segunda mitad del siglo XX.
Las concepciones sobre el desarrollo se han ido modificando y enriqueciendo para dar cuenta de los desafíos que impone una realidad vertiginosamente cambiante. Desde visiones iniciales que equiparaban el desarrollo al crecimiento económico a visiones más comprehensivas que colocan en el centro de la definición a las personas y su bienestar y los contextos que habilitan y promueven dicho bienestar a nivel de los individuos y de la sociedad.
”Las desigualdades de género se sustentan en un sistema de valores estructurales e históricos que consideran a las mujeres inferiores a los hombres. Esos valores sostienen la desigualdad en los salarios, en el acceso al trabajo, a la educación, a los derechos reproductivos, al derecho de propiedad, de herencia o a otros recursos económicos o de poder. Sobre estas desigualdades y desventajas se asientan la violencia, la discriminación y la exclusión y se perpetúan las múltiples formas de pobreza que padecen las mujeres. ” (Iglesia-Caruncho, M., 2003).
Ahora veamos el rol de la mujer como ciudadana. La ciudadanía puede entenderse como el conjunto de derechos y obligaciones legales que se adquieren por el mero hecho de pertenecer a una comunidad.
La ciudadania se refiere, originalmente, al derecho de las personas a ejercer sus derechos políticos —fundamentalmente a través del sufragio— y a la obligación del Estado de garantizar el libre ejercicio de éstos. La ciudadanía, entendida como atributo inalienable y permanente de las personas, es la base del sistema democrático representativo.
En el correr del siglo XX el concepto de ciudadanía se ha ampliado incorporándose a su definición el ejercicio de los derechos económicos y sociales. La equidad económica y social se ha constituido en una dimensión sustantiva de la democracia y aparecen con claridad las limitaciones del sistema democrático representativo para garantizar el ejercicio de esos derechos. Más allá de la ley y de su aparente neutralidad.La práctica social pone en evidencia las desigualdades que existen entre grupos y personas dentro de la sociedad para ser escuchadas y para acceder a la representación política. A la luz de estas constataciones, se ha producido una revisión y reformulación del concepto de ciudadanía.
Según Jelin, E. (1997) [...] "el concepto de ciudadanía hace referencia a una práctica conflictiva vinculada al poder, que refleja las luchas acerca de quiénes podrán decidir qué en el proceso de definir cuáles son los problemas comunes y cómo serán abordados”.
La ciudadanía, por lo tanto, no constituye un atributo inmutable que se adjudica pasivamente a las personas. Es una condición cambiante, en permanente construcción y deconstrucción que expresa la lucha de diversos actores por incluirse en la comunidad política. La comunidad es la que define el conjunto de derechos y obligaciones recíprocos de los miembros incluidos en ella y marca los límites a la participación de los no incluidos, manteniéndolos por fuera de las decisiones.
Las mujeres han participado desde siempre en tareas colectivas en los barrios, en los sindicatos, en la militancia política, como voluntarias en los servicios públicos, etc. Habitualmente la participación femenina es una práctica social silenciosa que tiene un escaso reconocimiento social y político. Muy ocasionalmente y, en general, con relación a momentos de crisis (guerras, catástrofes y hambrunas).
Las instituciones públicas, cada vez más frecuentemente, llaman a las mujeres a participar. Son convocadas en su calidad de vecinas, con discursos que aluden a la solidaridad y a la democracia. Respondiendo a estos llamados las mujeres contribuyen en la implementación de acciones programáticas y/o en la detección y diagnóstico de problemas a nivel local. Más allá de la intencionalidad de quienes promueven esta participación, en los hechos estas actividades se transforman, a menudo, en un traslado de costos de las instituciones a las mujeres, del Estado a la sociedad civil. Contribuyen, sin duda a aumentar la eficacia y eficiencia de los programas, pero escasamente a la democratización de las relaciones entre las instituciones y la sociedad civil.
La participación de las mujeres es una herramienta muy importante para el logro de la equidad, herramienta que debe perfeccionarse para enfrentar los múltiples obstáculos que la realidad plantea. Mucho camino falta aún por recorrer para que hombres y mujeres puedan ejercer sus derechos en equidad contribuyendo y potenciando su propio desarrollo y el de la sociedad. De esta tarea no hay eximidos y las propuestas de desarrollo deben contemplar cómo contribuir intencionalmente a este cambio.
En el Perú se ha visto que ahora la mujer ocupa cargos muy importantes, pero aún es descabellada la idea de que nos gobierne una mujer, aún es descabellada la idea de que las mujeres son iguales en las posiciones politicas y sociales que los hombres, desde esta tribuna invito a que las futuras luchas sociales sean encaminadas a construir un verdadero orden social en donde la mujer sea incluida de forma sincera y real.
fuentes:MUJER Y PARTICIPACION SOCIAL Y POLITICA. FUNDACION SAN GABRIEL
MUJER Y PARTICPACION SOCIAL. ANA ISABEL GARCIA
LA SITUACION DE LA MUJER EN EL PERU. CECILIA BLONDET
PODER POLITICO COMO PERFUME DE MUJER. PROMUJER