quiero compartir algunas reflexiones sobre el conflicto en Cajamarca con el proyecto Conga. Según el gobierno central los inminentes resultados del peritaje le darán insumos para tomar decisiones. Por el contrario, los opositores no creen en lo manifestado por el gobierno, descalifican completamente el peritaje, e insisten en que se declare la inviabilidad del Proyecto. Tal como están las cosas veo poco espacio para el diálogo constructivo y sincero. El envío de fuerzas del orden a Cajamarca, si bien tiene la lógica de evitar escaladas violentas, evidentemente es una medida efectista. Esta respuesta puede terminar llevando a una mayor polarización frente a Conga, lo que a su vez es tierra fértil para incrementar el protagonismo de personas radicales o extremistas.
Más aún hay declaraciones en los
medios que evidencian intentos por manipular la coyuntura con fines personales
o políticos. Mi opinión es que esta ruta no nos encamina en la solución
(algunos dirán transformación) del conflicto en Cajamarca.
En todo este tiempo he extrañado
escuchar a las comunidades que serán impactadas por el Proyecto Conga. Con esta
afirmación no pretendo cuestionar a los líderes que dicen representar a la
población y hablar en nombre de las comunidades. Todo lo contrario, rescato de
sus declaraciones asuntos que considero están en el fondo de los conflictos
socio ambientales. Como cuando Marco Arana dice “en realidad lo que Cajamarca
está señalando es que se respete su proceso de zonificación ecológica y se
defienda las fuentes naturales de agua, eso no responde solamente a una visión
ideológica sino de desarrollo”. Esta declaración me regresa una vez más al
dilema que opone los intereses “nacionales” frente a los intereses “locales”.
Las posiciones extremas, de uno y otro lado, ponen por encima del otro su
particular punto de vista. Se entiende equivocadamente que dialogar es sinónimo
de persuadir al otro que se tiene la razón absoluta. Peor aún, cuando se
pretende utilizar el poder político o económico para obligar al otro a
“dialogar”.
Coincido con quienes piensan que
solo el dialogo ayudará a conjugar las diferencias de intereses (“nacional” y
“local”) para dar lugar a uno que incluya los dos. Pero para que este diálogo
sea más fructífero, las comunidades más afectadas por el conflicto deben
recuperar su voz y la posibilidad de decidir ellas mismas su camino. Y en este
punto, asegurémonos de convocar a las mujeres a los espacios de diálogo o mesas
de negociación. Estoy seguro que surgirán nuevas ideas. Los que vivimos en Lima
poco sabemos de las comunidades de Cajamarca. Necesitamos conocer más
profundamente su problemática no para decidir por ellas, sino para entender y
respetar su visión de desarrollo. El verdadero dialogo de las diferencias,
requiere un espacio donde en palabras de Lederach “los actores puedan tocar y
expresar la más profunda verdad” y “escuchar detenidamente la verdad del otro,
especialmente de aquellos que consideran sus enemigos”. Terminaré señalando que
si se quiere un diálogo sincero, debe hacerse en forma discreta, sin los
flashes de los medios de comunicación. Lo que no significa dejar de informar
acerca del proceso de diálogo.








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